Hay cosas inevitables en esta vida, como la muerte, la evasión fiscal, infecciones de las vías urinarias y la combustión humana espontánea. También, si eres alumno de alguna “universidad” local, de ésas que perdieron el rumbo y usan libros de autoayuda como textos oficiales (y analfabetas neuróticos como maestros), el llevar cursos donde se hable de valores o de ética es inevitable. E igual de inevitable es que esos cursos acaben en pequeñas pseudo-discusiones entre individuos saturados débilmente exponiendo sus ideas predigeridas -que erróneamente creen propias- ante un grupo compuesto de individuos igualmente saturados a los que les importa un comino lo que digan, lo que alguien piense o lo que está pasando alrededor de ellos en cualquier momento determinado del día o la noche, todo esto dirigido, claro está, por un individuo mal pagado, mal llamado ‘maestro’, que tiene el mismo nivel de ignorancia que los jovencitos saturados a los que ‘enseña’ falacias y versículos de la Biblia pour les imbéciles, “Caldo de pollo para el alma”, o fragmentos del Corán de los yuppies wannabe, “Siete hábitos para la gente altamente efectiva”.
Este semestre, como diría el buen Agente Smith, ‘el sonido de la inevitabilidad’ llegó a mis oídos en la forma de un Taller de Inducción al Servicio Social. Los diseñadores de tal curso creen firmemente en las técnicas de privación del sueño y el conductismo en brute force, razón por la cual el Taller dura 180 minutos y es impartido en horarios inhumanos. No me detendré en la terrible futilidad de todo el setup y de la baja calidad del material audiovisual propagandístico al que fui sometido, aunque sería igualmente patético y divertido. Me detendré en la parte del curso acerca de la verdad absoluta, porque es obvio para cualquiera que un Taller de Inducción al Servicio Social DEBE cubrir tópicos tan esenciales como la verdad absoluta, la necesidad de un gobierno paternalista y el cómo-orillamos-a-los-pobres-al-alcoholismo-y-el-crimen-así-que-nada-es-culpa-de-ellos-y-si-lo-pensamos-bien-tampoco-de-nosotros-sino-del-gobierno.
“Nadie tiene la verdad absoluta; todos los puntos de vista son válidos”. Así la ‘facilitadora’ del curso intentó frenar la tibia ‘discusión’ que comenzó cuando, aburrido, me dispuse a poner un poco de polémica introduciendo argumentos lógicos al montón de cursilerías lelas que eran proferidas en una de las actividades del Taller. No me sorprende la frase en sí, dado que en el ITESM (lugar donde ocurrió el hecho), aparentemente el último debate de verdad que se realizó fue en 1967 y ocurrió en la cafetería. Todos los debates en la preparatoria o universidad que he presenciado han acabado con variaciones de la máxima ‘de alguna manera todos tenemos razón’, máxima no sólo estúpida sino paradójica ya que el propósito de los debates es que algún lado gane. Lo que me sorprende es que alguna persona pueda decir “Nadie tiene la verdad absoluta” y a) no entre en una convulsión b) haya gente que le crea.
Si hay una corriente filosófica triste y de la que hay que sentir pena debe ser de la corriente perspectivista. Imagino su primera reunión: en algún café o lugar típicamente pseudo intelectual, el líder perspectivista se levanta y dice:
-Nadie tiene la verdad absoluta. Todos los puntos de vista son válidos.
Las palabras rebotan por las paredes del café, son asimiladas lentamente por los presentes. Tímidamente una persona razonable, de ésas que tienen el mal gusto de ensuciar con su lógica y raciocinio las juntas de pseudo intelectuales, dice en voz firme pero baja:
-¿Acaso decir que nadie tiene la verdad absoluta no es una verdad absoluta en sí misma? Y, si todos los puntos de vista fueran válidos, ¿no sería igualmente válido un punto de vista donde los demás no lo fueran? ¿Alguno de ustedes llevó clases de lógica? ¡Por Dios! ¿Hay alguno de ustedes que no esté fumando opio?
Uno a uno, los perspectivistas se levantan y se dirigen a la puerta del café. Nadie dice nada. No se puede ver a dónde fue el líder -desapareció sin dejar rastro-. Supe de buena fuente que huyó a un lugar pantanoso y caduco donde preparó su próxima monstruosidad: el posmodernismo.
El autor es proclive a ataques de hipo durante sus sesiones de psicoanálisis. Entre sus otros trabajos destacan los libros de Deuteronomio y Levítico, el Himno Nacional de Petoria y el nuevo ritual de exorcismo. Es miembro de varias asociaciones pro-asociaciones y presidente honorario del club de esgrima nudista del condado de Leicester. También es el cantante de Nerv (www.nerv.com.mx), la mejor banda, pero eso todos deberían de saberlo.